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« en: Octubre 17, 2009, 04:45:14 » |
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Mariano Cereijo Gelo
(consultor ambiental y ecologista español)
Apuntes y deducciones de la brillante conferencia del agricultor canadiense Percy Schmeiser (Estelí – Nicaragua, 5 de noviembre de 2002)
Lleva más de medio siglo de agricultor, en la zona oeste de Canadá, donde vive con su esposa y sus cinco hijos. Antes de que apareciera por su vida una de las multinacionales más oscuras y poderosas del mundo, MONSANTO, en sus tierras brotaban la canola, la cebada y el trigo. Conserva él esa práctica ancestral, popular y solidaria de guardar y compartir sus propias semillas, con los colegas campesinos. Millones de agricultores en el mundo lo hacen cada día. Trabaja también por que se respeten los derechos de agricultores y campesinos. Por eso, a sus 71 años, ha sido representante en el parlamento y en diferentes organismos regionales.
Percy está de gira por diversos países latinoamericanos. Viene a narrar todos los detalles de la batalla legal que está manteniendo con MONSANTO. Para que los agricultores del mundo entero, puedan conocer las interioridades y las sorpresas que les esperan, si aceptan comprar y cultivar semillas transgénicas. Por lo menos, que conozcan esa cara de la moneda, ocultada, maquillada y enterrada por los intereses de unas cuantas multinacionales.
El caballo de Troya en los campos de todo el mundo.
Los cultivos transgénicos, fueron publicitados como el milagro genético que iba a salvar al mundo de la pobreza y de la miseria. Semillas con genes nuevos, capaces de producir mejores cosechas, requerir menos agroquímicos, proporcionar alimentos mejor vitaminados, o crecer en zonas secas y extremas.
Desde el rabo hasta el hocico, el Caballo de Troya transgénico era bello y reluciente. Semejante monumento ecuestre, debía penetrar en las fibras sensibles de los ciudadanos y políticos del mundo. También en los números y en las cábalas de los agricultores.
Con el paso de los años, la realidad perifoneada por multitud de movimientos sociales difuminados por todo el mundo, ha ido derrumbando cada uno de estos pilares. A una buena cosecha de alimentos transgénicos, le sucede otra destruida o diezmada. Si hay un agricultor que ha disminuido la cantidad de herbicidas, hay otro que se ha hipotecado con el banco para poder comprarlos.
A estos chascos, han ido floreciendo otros argumentos que han situado a los cultivos y alimentos transgénicos en una de la más movidas y zarandeadas telas de juicio. Me refiero a los ya reconocidos riesgos para la salud humana, o también, a los problemas y conflictos ecológicos y éticos.
Al caballo impecable del principio se le empiezan a ver heridas de espuela. Sus piernas flaquean. Aquel impresionante corcel ha perdido el romanticismo. Envejece rápidamente. Como su compañera de noticieros y conferencias universitarias, conocida como Dolly. Descanse en paz. Poco a poco, se ha ido conociendo la realidad que alberga y guarda sigilosamente su interior canceroso. Su fundamento exclusivo, su único motivo de existir, respirar y trotar por los campos del mundo entero: Las patentes.
Un cultivo transgénico es propiedad de la multinacional, laboratorio, universidad, etc... que lo crea. Por lo tanto, cualquier uso de dicho cultivo, está sometido a las leyes sobre patentes, y a las condiciones y precios establecidos por su propietario.
El nuevo status quo transgénico-empresarial.
El Sr. Percy Schmeiser, relató en su conferencia, algunos de los puntos del contrato que MONSANTO hace firmar a los agricultores, que optan por utilizar las semillas transgénicas.
Quien lo hace, se compromete a no utilizar otras semillas distintas a las de MONSANTO. Además, está obligado a comprarle el herbicida a la misma multinacional. Curiosamente, este herbicida es el único que funciona con las semillas transgénicas. Dicho de otra manera, MONSANTO ha introducido una cerradura en la vida de las semillas, que solo se abre con una llave que vende la misma multinacional. Mediante esta quimérica técnica, el monopolio se consolida, el negocio se duplica y la dependencia del agricultor se agrava.
Sin saber el porqué, el agricultor debe permanecer en silencio sin poder divulgar las cláusulas del contrato. Además, si incumple cualquier cláusula, puede enfrentar a los sofisticados equipos legales de MONSANTO en los tribunales.
Tiene que pagar, a modo de licencia, 40 dólares por hectárea. (El costo del herbicida es de 20) y, además, paga en semillas 45 dólares por hectárea. El total es de 105 dólares por hectárea y año, cuando anteriormente, el costo era de aproximadamente 30 dólares. En herbicidas solo gastaba 8 dólares, frente a los 20 que paga ahora. Es así, como MONSANTO fija los precios, aprovechando las condiciones contractuales y la dependencia de los agricultores.
Aceptar las condiciones de estas multinacionales, significará perder el control sobre su producción; ya que el objetivo final de estas empresas, no es otro que el de apropiarse, dominar y manejar la soberanía alimenticia de cada pueblo, comunidad o país. Además, la agricultura transgénica a gran escala, arriesgará la diversidad y variedad de semillas tradicionales utilizadas por los agricultores. Por lo que necesariamente, éstos tendrán que recurrir obligatoriamente a las semillas transgénicas y a sus multinacionales.
Una vez controlada la producción y creada la dependencia, el próximo paso del imperialismo transgénico, podría ser la distribución y venta de los cultivos. Los contratos incluirían una cláusula, donde obligarían al campesino a vender sus cultivos a la propia multinacional. Lógicamente, ésta establecería los precios más convenientes, ¡no para el campesino!, sino para la propia multinacional. Entraríamos en una época de "feudalismo parcial", donde las multinacionales suministrarían las semillas y los agroquímicos, para acabar comprando y vendiendo los cultivos. El agricultor y sus tierras se reducirían a un burdo eslabón en toda esta cadena.
Aquel agricultor que no resistiera las condiciones económicas establecidas por las multinacionales, acabaría sucumbiendo a éstas y a los bancos. Perdería sus tierras. Probablemente a favor de las multinacionales. Llegaríamos a una fase de "feudalismo total", y por supuesto, a un monopolio de la ¡alimentación! La tierra, las semillas, los insumos, la tecnología, la producción y la venta pasarían a manos de la multinacional. El agricultor lo perdería todo. Ya no sería independiente. Dependería. En el mejor de los casos, sería contratado por la multinacional para trabajar las tierras. Posiblemente a cambio de salarios y condiciones deleznables y patéticas. Reincidiríamos en las terribles relaciones entre el norte y el sur, aumentando la distancia entre ambos.
Unido a medidas políticas (Algunas de ellas ya estipuladas en el ALCA o en Tratados de Libre Comercio), a través de políticos vendepatrias, con el fin de ahogar al pequeño agricultor resistente a las nuevas fórmulas y doctrinas neoliberales, acabaría en el mono u oligopolio de la alimentación. Las multinacionales controlarían el mercado y dictarían las condiciones. Las propias leyes que liberan el mercado, provocarían una dictadura en el mercado de la alimentación.
Este proceso, podría acelerarse debido a la fuerte oposición por parte del consumidor a los cultivos transgénicos, palpable sobretodo en Europa. Ante un agricultor reacio a cultivar transgénicos, debido al rechazo por parte de la sociedad a este tipo de alimentos, las multinacionales deberían buscar nuevas fórmulas y soluciones para dar salida a los cultivos transgénicos.
El control sobre el mercado, aparte del beneficio económico y del poder que ostentaría dicha multinacional; podría significar la herramienta definitiva para dar entrada libre a los transgénicos en cualquier sitio. Los lobbies, la OMC, los políticos corruptos, las agendas neoliberales y el poder mediático, harían el resto.
Todos los que comemos para vivir, nos veríamos obligados a tragar las condiciones y los precios establecidos por cuatro extraterrestres de Wall Street. Podríamos degustar maíz transgénico atiborrado de pesticidas, insecticidas y herbicidas; sin poder elegir unas condiciones mejores.
Las consecuencias derivadas de la dependencia hacia las multinacionales, el emergente imperialismo agrícola-transgénico, y los elevados precios de sus semillas, herbicidas, licencias, etc...; desembocarían en una situación de agonía y crisis para los agricultores. Muchos de éstos se verían arruinados y atrapados. Obligados a dejar el campo y emigrar hacia las ciudades. Allí se establecerían en barrios periféricos, conformando nuevos círculos de pobreza, que traerían consigo más miseria, desempleo, exclusión, etc... Vender agua helada en las calles o hacer de limpiabotas por los mercados, sería el futuro para sus hijos.
Todos estos datos, derrumban una de las teorías esenciales y angulares, esgrimidas por las multinacionales en sus campañas publicitarias: El beneficio económico.
Pero a las connotaciones económicas, se suman impactantes e impresionantes consecuencias sociales y estructurales. Es por eso, que la lucha contra el colonialismo transgénico y sus multinacionales, también debe ser impulsada y arropada, por otras ONG’s y asociaciones que actualmente trabajan por el desarrollo de los pueblos. Cualquier omisión de éstas, puede ser entendida como una contradicción grave respecto a sus principios y objetivos.
Policía Genética: el brazo represor de MONSANTO.
Percy, también detalló las medidas "policiales" y psicológicas, empleadas para llevar un control sobre los agricultores. MONSANTO ha creado su propio ejército (Policía Genética), que intimida a los agricultores y vigila los campos de cultivo, en busca de cualquier pesquisa que pueda ir en contra de sus intereses.
Percy explicaba, que, generalmente, los miembros de la policía genética no son novatos, sino experimentados expolicías. Ante cualquier sospecha, realizan verificaciones. Lo primero que hacen es irrumpir sin autorización en los campos y propiedades del agricultor. Recogen muestras sin permiso de éste. Y lo intimidan aludiendo fuertes sanciones ante un tribunal.
Esto es práctica común en agricultores que han firmado el contrato, y también en aquellos que no lo han hecho. A los primeros, por si han incumplido alguna cláusula del contrato, y a los segundos, por si están utilizando semillas transgénicas sin autorización.
Cuando los casos avanzan, se remiten cartas a otros productores, explicando los pormenores de las denuncias a los agricultores que supuestamente han infringido el contrato. De esta manera, se logra "avisarlos" y amedrentarlos.
También se han creado líneas telefónicas para que agricultores serviles y comehuesos, denuncien a sus compañeros si consideran que éstos han infringido alguna condición del contrato. Todo este abanico de chantajes, controles y amenazas, han ocasionado efectos psicológicos muy negativos, tanto para los productores como para las familias de éstos.
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